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"; ?>Un asunto de rutina
© 1996 Fausto Alava-Moreno
Soy el sargento Mc Cain de la policía metropolitana de Londres, y en lo que parecía un asunto de rutina, tuve que acudir al Soho a investigar los malos olores que desprendía un piso, cuyo propietario no respondía a la puerta.
Al reventar la puerta me encontré al propietario, tal y como verifique con su cartera, muerto junto a un pequeño cofre.
En la mesa más próxima había una carta, que como bien supuse eran las últimas palabras del suicida y su explicación sobre los motivos que le impulsaron a cometer semejante acto.
"Todo comenzó el pasado martes cuando recibí un mensaje de John Davis invitándome a comer. John era un antiguo compañero de estudios y correría juveniles, pero como tantas veces sucede, el curso natural de la vida hace que te distancies de tus amistades juveniles. Como hacia bastantes años que no había estado con él acepte encantado su invitación.
John Davis era un periodista londinense de cierto éxito, si bien coincidiendo con una importante herencia sus colaboraciones con la prensa se habían hecho más esporádicas.
El resto de la semana transcurrió rápidamente, y al llegar el viernes, día de nuestra cita, me dirigí con paso firme hacia la taberna del tuerto.
El local, una taberna de la parte vieja, era uno de nuestros sitios de encuentro en nuestra época de estudios, y me pareció una excelente elección.
Al entrar en él, vi a mi amigo sentado en la barra con aire ausente y me dirigí hacia él. Tras un efusivo abrazo y la degustación de una buena pinta de cerveza nos encaminamos al comedor donde dimos cuenta de un excelente venado.
Durante la comida, mi anfitrión estaba particularmente nervioso y distraído y nuestra conversación trató de recuerdos juveniles, y ya en la sobremesa, cuando degustábamos una copa de licor, John tomó el tema de conversación que le venía preocupando en los últimos tiempos.
Todo comenzó cuando su anciano tío falleció y le donó sus bienes, una vieja mansión, una pensión de 5.000 libras anuales y un pequeño cofre, según palabras de su tío su bien más preciado.
El cofre contenía dos piedras con extraños símbolos grabados, y una nota donde su tío le explicaba que debía guardar y proteger esas piedras con su vida pues eran el mejor legado que le podía dejar.
John no dio mucha importancia a la nota considerándola como la última voluntad de su tío.
Cuando se puso a ordenar la residencia de su tío, encontró unos cuadernos en los que su tío describía los poderes de esas piedras, para mediante unos extraños rituales ser capaces de convocar a pequeños reptiles. Los cuadernos eran una especie de recopilación de los experimentos llevados a cabo por su tío. Lo cierto es que parecían estar escritos por un demente, y puesto que su tío falleció completamente loco, consideró que los debía haber escrito en sus últimos años de vida, presa ya de una importante demencia senil.
Sin embargo, en los meses siguientes, un extraño sueño le acompaña por las noches. John habita en una ciudad megalítica acompañado por seres con apariencia reptiliana, aunque dotados de una gran inteligencia. Estos sueños, que al principio consideró como influencia de la lectura de los cuadernos de su tío, cada vez se hacían más persistentes y perturbadores.
Según le cuentas sus amigos reptiles, ellos son los verdaderos dueños de la tierra, aunque fueron expulsados a otro plano, al que transportan a John mientras duerme. John puede ver que su reino es un reino de paz y alegría. Ahora los reptiles quieren volver a la tierra. Para realizar la convocatoria hay que hacerlo un día concreto, el 21 de Junio, y en una cueva húmeda y profunda, y así ellos podrán venir y reconducir a la humanidad por el buen camino.
Este tipo de sueños se repetían continuamente, y le turbaron de tal manera que realizó alguno de los experimentos relatados en los cuadernos de su tío, con excelentes resultados. Al principio, los reptiles que convocaba eran pequeños y desaparecían a los pocos minutos, pero ahora, hacia ya más de un mes que tenía un lagarto convocado por él en su casa.
El 21 de Junio estaba a punto de llegar y requería de mi ayuda para que actuara como testigo en lo que sucedería dos noches después.
Yo estaba asombrado de que John, que siempre había tenido una mente lúcida y científica, estuviera hablándome con esa energía de convocar a seres de otros planos, y temiendo por su salud decidí acompañarlo.
El sábado por la mañana partimos hacia una antigua mina abandonada que sería el lugar donde iba a tener lugar la convocatoria, y John preparó toda la simbología necesaria y realizó todos los preparativos adecuados.
Lo cierto es que el lugar que escogió era realmente húmedo, y respirar su aire viciado no era muy agradable pero John insistió que sus sueños le habían guiado hasta ese lugar en concreto.
Luego se sentó en una actitud de profunda meditación, y estuvo inmóvil durante al menos dos horas, momento en el que se levantó y tomo las dos extrañas piedras del cofre depositándolas en el interior de n círculo lleno de extraños dibujos y empezó a cantar una plegaria en una extraña lengua que jamás había escuchado antes, y estuvo cantando un largo rato hasta que las piedras comenzaron a emitir un ligero brillo azulado. Ese brillo fue intensificándose, alcanzando un brillo tal que era difícil mantener la vista fija, y dentro del círculo se comenzó a materializar una figura con ciertos vestigios de humanidad, pero de enormes proporciones, una figura viscosa y aterradora que iba adquiriendo consistencia a medida que la plegaria continuaba.
Yo estaba siendo presa de una miedo como jamás he experimentado, y mi cerebro no era capaz de asimilar lo que veían mis ojos; trate de impedir que John continuara con la invocación, pero no me hizo caso, y sentía que no me quedaba tiempo, que ese ser acabaría con nosotros tan pronto como se materializase completamente así que hice lo que cualquier otra persona habría hecho en mi lugar: cogí una barra de hierro y golpee con ella a John para que se callara, le golpee una y otra vez hasta que por fin se callo.
El extraño ser gritó, desgarrándome los oídos y se desintegró dejando únicamente unas obscenas viscosidades dentro del círculo, rodeando a las piedras.
Cuando todo hubo acabado me desmayé, y al despertar vi a John tumbado junto a mi, con la cabeza dentro de un charco de sangre.
Yo le había matado, pero su muerte era necesaria para salvar al mundo. Recogí las piedras y las devolví a su cofre, y provoqué un derrumbamiento en la mina, para inutilizar el lugar, dejando dentro el cuerpo de mi amigo.
Sin embargo, cometí un grave error, me llevé conmigo el cofre, y desde hace días tengo extraños sueños en los que habito en una ciudad de piedra, y hablo con extraños seres de aspecto reptiliano con los que me encuentro muy a gusto, por lo que creo que pronto puedo seguir el camino de John, y como me aterra condenar a mi mundo he decidido poner fin a mi vida.
Lo único que le pido a la persona que me encuentre es que destruya las dos piedras que encontrará en el cofre que está a mi lado antes de que caiga la noche y con ella le visiten mis amigos del otro lado."
Tras leer la nota, fui a coger las piedras que mencionaba la carta, y un sudor frío me invadió al ver que el cofre estaba vacío.
Ultima Modificación: 18 de Enero de 2005